
Buenos Aires. La Argentina acaba de reactivar el Consejo de Mayo, esa criatura institucional diseñada para transformar en hechos los diez mandamientos libertarios firmados en Tucumán. Entre los firmantes hay gobernadores, sindicalistas e industriales; una muestra de que, al menos en el papel, Milei todavía conserva capacidad de convocatoria.

Pero mientras el oficialismo mira al Atlántico con vocación atlantista y geopolítica —ese sueño de ser “socio global” de la OTAN—, hay una decisión previa que pone en jaque todo el andamiaje: el decreto que eliminó la marina mercante nacional. Sí, justo la infraestructura que las alianzas militares más poderosas del mundo consideran esencial.
Una decisión que navega contra la historia
En marzo de 2025, el Gobierno desmanteló formalmente el régimen legal que protegía la flota de bandera. La medida se justificó como una poda más del “costo argentino”, pero generó estupor entre militares, sindicalistas y diplomáticos: ¿cómo se sostiene una política exterior ambiciosa sin capacidad logística propia?
Incluso desde despachos castrenses se deslizó una frase incómoda: “Si la OTAN nos pide ayuda, no tenemos barcos operativos”. El recorte fiscal, en este caso, choca de frente con la soberanía estratégica. En 1970 la Argentina tenía más de 120 buques de bandera. Hoy, menos de 20 siguen activos, y muchos operan bajo registro extranjero. La flota es un fantasma, sí. Pero uno que todavía lleva el peso de la logística nacional sobre sus huesos de acero.
¿Pero qué Marina Mercante, si ya no existe?
Es cierto: lo que queda de la flota de bandera argentina es apenas un reflejo de lo que supo ser. Pero eso no justifica convertir su desmantelamiento en política de Estado. Justamente porque está al borde de la extinción, cualquier decisión que la afecte tiene un peso estratégico enorme. Se trata de preservar lo poco que queda —la normativa, la posibilidad técnica, la memoria logística— para no perder también la capacidad de reconstruir. Nadie exige una flota de 200 buques de inmediato. Pero sí tener con qué empezar.
OTAN con bandera ajena
La OTAN, más allá de su retórica democrática, es una alianza profundamente logística. No se trata solo de misiles y cumbres solemnes; también es carbón, granos, repuestos y tropas que se mueven por mar. Estados Unidos, su principal sostén, considera a su marina mercante parte del dispositivo defensivo. Si la Argentina quiere jugar en esa liga, la pregunta es simple: ¿puede hacerlo tercerizando cada traslado?
Lo que hacen otros: proteger sin cerrar
Brasil sostiene su Fondo de Marina Mercante. Noruega liberaliza, pero subsidia a sus armadores nacionales. China usa su flota comercial como instrumento diplomático. Y Estados Unidos, con la Jones Act, impone una regla clara: el cabotaje es para los suyos.
En todos los casos, la apertura económica no implicó abolir la flota nacional. La reformularon, la reinventaron. No la eliminaron con un decreto y un tuit.
¿Reculada o punto de no retorno?
¿Puede Milei dar marcha atrás? Hoy no parece probable. El presidente defiende la eliminación como un acto de coherencia doctrinaria. Pero si la presión judicial se acumula, si los sindicatos reactivan medidas de fuerza, o si desde Bruselas llegan señales de incomodidad, no sería descabellado imaginar un repliegue táctico. El mismo Gobierno que creó el Consejo de Mayo podría verse obligado a reformular parte del “legado de marzo”.
En definitiva, no se trata solo de barcos. Se trata de si un país que apuesta a insertarse en el mundo puede hacerlo sin herramientas propias. Y de si la épica fundacional del mileísmo resiste cuando la realidad toca el puerto.
Director en Confluencia Portuaria | X: @chichongo

