
La empresa suiza Gunvor canceló su oferta de compra por activos internacionales de la petrolera rusa Lukoil, valorada en 22.000 millones de dólares, tras una intervención directa del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. La operación, que incluía refinerías y estaciones de servicio en Europa, fue desactivada sin proceso técnico ni revisión formal: bastó una declaración pública en la que el gobierno estadounidense calificó a Gunvor como “títere del Kremlin” para bloquear el acuerdo.
Presión política y extraterritorialidad sin filtros
El Tesoro estadounidense afirmó que “nunca” permitiría que Gunvor operara los activos de Lukoil mientras continúe la guerra en Ucrania. La frase, cargada de connotaciones ideológicas, no solo desestimó cualquier análisis regulatorio, sino que impuso una sanción reputacional sin pruebas ni procedimiento. Gunvor, por su parte, calificó las acusaciones como “fundamentalmente erróneas y falsas”, recordando que se desvinculó del comercio de petróleo ruso hace más de una década y que ha condenado públicamente la invasión a Ucrania.
El acuerdo frustrado incluía dos refinerías en Bulgaria y Rumania, una participación en una planta neerlandesa y cerca de 2.000 estaciones de servicio en Europa. Ninguno de estos activos se encuentra en territorio estadounidense, lo que vuelve aún más evidente el alcance extraterritorial de la decisión.
Una doctrina de fuerza con respaldo financiero y militar
El caso Gunvor–Lukoil no es un hecho aislado. Se inscribe en una larga tradición de política exterior estadounidense basada en la presión económica, el condicionamiento de licencias y la amenaza de sanciones para moldear el comportamiento de terceros países y empresas. Desde el embargo a Cuba hasta las restricciones a Irán, pasando por la guerra comercial con China, Washington ha utilizado sistemáticamente su peso financiero —y cuando lo considera necesario, su poder militar— como herramienta de coerción.
En este caso, la intervención no solo impidió una transacción entre actores privados europeos, sino que también bloqueó una posible salida ordenada de activos rusos del mercado internacional. La lógica del “garrote” —que prioriza el castigo sobre la diplomacia— vuelve a imponerse como doctrina, incluso en escenarios donde el interés estratégico de EE. UU. no está directamente comprometido.
La cancelación del acuerdo entre Gunvor y Lukoil, forzada por presión política, reactiva el debate sobre los límites del poder económico y militar estadounidense y su impacto en la soberanía comercial de terceros países. En un escenario global cada vez más fragmentado, la extraterritorialidad sin filtros amenaza con erosionar los principios de legalidad y equilibrio que deberían regir el comercio internacional.
Por: Redacción

