
El puerto no es solo infraestructura, grúas y barcos. Es también un espacio de trabajo humano, de oficios que sostuvieron la vida marítima desde las sombras. En esta tercera entrega de la serie “100 años de puerto y mar” nos proponemos rescatar la memoria de tres figuras que dieron identidad a la costa y al puerto: los estibadores, los carpinteros de ribera y los fareros.
Cada uno de estos oficios encierra una forma de resistencia y de humanidad. Los estibadores, con su fuerza colectiva, hicieron posible que las mercancías circularan y que el comercio creciera. Los carpinteros de ribera, con paciencia artesanal, mantuvieron vivas las embarcaciones de madera y transmitieron saberes de generación en generación. Los fareros, con vocación solitaria, custodiaron la luz en los confines australes, garantizando la seguridad de la navegación.
Rescatar sus historias es rescatar la dignidad del trabajo y la memoria de comunidades enteras que vivieron al ritmo del puerto. Son guardianes invisibles, pero imprescindibles, que nos recuerdan que el mar y la costa también se construyen con manos y con vidas.
Estibadores: la fuerza colectiva del puerto

El término “estibar” proviene del latín stipare, que significa apretar o acomodar. Desde la Edad Media, los puertos europeos contaban con cuadrillas de hombres encargados de cargar y descargar mercancías, acomodarlas en las bodegas y asegurar la estabilidad de los buques.
En Argentina, el oficio se consolidó en el siglo XIX con el auge exportador de granos y carnes. Puertos como Buenos Aires, Rosario, Bahía Blanca y San Lorenzo se convirtieron en escenarios donde los estibadores eran protagonistas invisibles del crecimiento económico.
Una madrugada en algún puerto argentino, hacia 1920, un vapor atraca con sacos de cereal. La cuadrilla de estibadores se organiza en silencio, iluminada apenas por faroles. Cada saco pesa más de 70 kilos. El ritmo es casi coreográfico: uno carga, otro acomoda, otro canta para marcar el compás. La camaradería es lo que sostiene el esfuerzo. El puerto despierta gracias a esas manos anónimas.
Anécdotas históricas
- Villa Constitución (Santa Fe, 1928–1932): huelgas de estibadores que marcaron la historia laboral argentina, visibilizando la necesidad de dignidad obrera.
- Buenos Aires y Rosario: cooperativas de estibaje que dignificaron el oficio y fueron semilla de sindicatos nacionales.
- Bahía Blanca: cuadrillas que descargaban carbón y cereales en condiciones extremas, con relatos de solidaridad que trascendieron generaciones.
Reflexión
Con la mecanización de los años 80 y 90, las grúas y contenedores desplazaron la labor manual. El oficio del estibador comenzó a desaparecer, pero su memoria sigue viva en sindicatos, relatos familiares y en la identidad de las ciudades portuarias. Recordar a los estibadores es recordar que el puerto se construyó con espaldas humanas antes que con acero.
Carpinteros de ribera: artesanos de los astilleros
La “ribera” es la orilla del río o mar donde se construían y reparaban embarcaciones. Los carpinteros de ribera eran artesanos especializados en trabajar la madera para cascos, mástiles y cubiertas. Heredaron técnicas de la carpintería naval europea, adaptadas a maderas locales como el quebracho o el lapacho.

En Argentina, desde el siglo XVIII, en Buenos Aires y en puertos fluviales, los carpinteros de ribera fueron fundamentales para mantener la navegación de cabotaje y las embarcaciones pesqueras. Su oficio se transmitía de padres a hijos en talleres familiares, especialmente en astilleros de Isla Maciel, Mar del Plata y Necochea.
En algún astillero de ribera, el taller es un mundo propio: olor a brea, virutas de madera, golpes de martillo que marcan el ritmo del día. Los carpinteros trabajan con paciencia artesanal, calafateando cascos y reparando embarcaciones que son el sustento de comunidades enteras. El oficio se transmite de padres a hijos, como un legado silencioso.
Anécdotas históricas
- Isla Maciel (Buenos Aires): la Casa Museo del Carpintero de Ribera rescata la memoria de talleres familiares, como el de “Pocho” Eusebi, último carpintero del barrio.
- Bloqueos franceses y anglofranceses (1840–1845): carpinteros porteños reparaban embarcaciones en plena crisis, sosteniendo la actividad marítima.
- Mar del Plata y Necochea: astilleros locales donde carpinteros adaptaban técnicas europeas a maderas argentinas, manteniendo viva la flota pesquera.
El oficio prácticamente se extinguió con la llegada del acero y la fibra de vidrio, pero queda como símbolo de paciencia y saber heredado. Los carpinteros de ribera son memoria viva de los astilleros, guardianes de un tiempo en que la madera y las manos eran la base de la navegación.
Fareros: custodios de las costas
El oficio nace con los primeros faros de la Antigüedad, como el célebre Faro de Alejandría. En Europa, los fareros eran empleados estatales encargados de mantener la luz encendida con fuego, aceite o gas.
En Argentina, el primer faro se inauguró en 1881 en la Isla de los Estados (Faro San Juan de Salvamento). Desde entonces, los fareros se convirtieron en guardianes de la costa patagónica y bonaerense, viviendo en aislamiento extremo para garantizar la seguridad de la navegación.

En alguna costa aislada del Atlántico Sur, el viento y la lluvia son compañía constante. La rutina del farero es encender la lámpara cada atardecer y mantenerla viva durante la noche, incluso en medio de tormentas. La luz del faro es símbolo de soberanía y humanidad: una guía que salva vidas.
Anécdotas históricas
- Faro San Juan de Salvamento (Isla de los Estados): conocido como “el faro del fin del mundo”, fue custodiado por fareros que vivieron en aislamiento absoluto.
- Costa bonaerense: faros como el de Quequén o Claromecó fueron sostenidos por familias enteras, que convivían con la soledad y el orgullo de custodiar la costa.
- Patagonia: relatos de fareros que mantuvieron la lámpara encendida durante tormentas, salvando tripulaciones enteras.
Con la automatización, el oficio del farero se transformó, pero el faro sigue siendo símbolo de soberanía y humanidad. Recordar a los fareros es recordar que la seguridad marítima dependió durante décadas de la vocación solitaria de hombres y mujeres que custodiaron la luz.
Conclusión
Los estibadores, carpinteros de ribera y fareros son guardianes invisibles de la historia marítima argentina. Sus oficios construyeron identidad en puertos, astilleros y costas, y dieron humanidad a la cronología portuaria. Rescatar sus relatos es rescatar la dignidad del trabajo y la memoria de comunidades enteras.
En esta tercera entrega de la serie “100 años de puerto y mar”, hemos querido dar voz a quienes sostuvieron la vida portuaria desde las sombras. Porque el puerto no se construye solo con infraestructura: se construye con manos, sudor y luz.
Por: Redacción

