
El reciente conflicto portuario en Panamá, con la salida de Hutchison Ports y la entrada transitoria de APM Terminals (Maersk), expone un fenómeno que venimos observando desde hace años: las exhibiciones de poder global ya no se dirimen únicamente en campos de batalla, sino en tribunales, concesiones portuarias y presiones diplomáticas.
Panamá como tablero geopolítico
China, que había censurado la intención de venta de las terminales de Balboa y Cristóbal, interpretó el fallo de la Corte Suprema panameña como un golpe directo a su influencia en América Latina. Estados Unidos, por su parte, no iba a permitir que el Partido Comunista chino controlara las puertas de entrada y salida del Canal de Panamá, considerado históricamente su “patio trasero”. El resultado fue una judicialización que, más allá de su formalidad, refleja la pulseada geopolítica entre potencias.

Este caso nos permite enlazar una tesis más amplia: aunque los combates armados persisten —como la invasión rusa a Ucrania—, su costo económico y humano las vuelve cada vez menos sostenibles. En cambio, las disputas de poder se trasladan a escenarios judiciales, diplomáticos y logísticos, afectando directamente al transporte marítimo y a la cadena global de suministros.
De las batallas clásicas a las jurídicas
La historia del siglo XX estuvo marcada por peleas interestatales de gran escala. Sin embargo, en el siglo XXI, los conflictos tienden a resolverse por vías menos sangrientas y más institucionales. La disputa Panamá–Hutchison es un ejemplo claro: un conflicto que podría haber derivado en tensiones militares se resolvió en sede judicial, con consecuencias logísticas inmediatas.
El académico colombiano Sergio Moreno Feria, al analizar la controversia marítima entre Nicaragua y Colombia, señaló: “La guerra se libró en La Haya, no en el Caribe”. Esa frase sintetiza la transformación: los tribunales internacionales reemplazan a los buques de guerra como instrumentos de poder.
Del mismo modo, el investigador argentino Daniel Blinder sostiene que “el poder marítimo ya no se mide solo en capacidad militar, sino en control normativo, tecnológico y logístico”. Panamá confirma esta idea: la batalla por las terminales se dio en la Corte Suprema y en las negociaciones diplomáticas, no en el mar.
El transporte marítimo como escenario de poder
El transporte marítimo concentra más del 80% del comercio mundial. Controlar puertos, terminales y rutas es controlar la economía global. Por eso, las disputas jurídicas y diplomáticas que afectan la cadena de suministros tienen un impacto equivalente —o superior— al de una refriega armada.
El analista estadounidense Michael Klare, en su obra Resource Wars, advierte: “Los conflictos del siglo XXI se centran en recursos estratégicos, y muchas disputas se canalizan por vías legales, diplomáticas y económicas, más que por guerras abiertas”. El caso de Panamá encaja perfectamente en esta tesis: lo que está en juego no es solo la operación de dos terminales, sino el control de un nodo crítico en la cadena global de suministros.
La intervención de Maersk, designada para operar transitoriamente Balboa y Cristóbal, asegura continuidad en el flujo de carga y envía un mensaje político: Panamá se alinea con Occidente, mientras China pierde terreno en su “Ruta Marítima de la Seda”.
La teoría de las “nuevas guerras”
La politóloga británica Mary Kaldor acuñó el concepto de New Wars para describir conflictos híbridos, donde las disputas económicas, legales y diplomáticas reemplazan a las luchas interestatales clásicas. Según Kaldor, “los conflictos modernos son menos guerras entre Estados y más luchas por recursos, legitimidad y poder, libradas en múltiples escenarios simultáneos”.
Panamá es un ejemplo de estas “nuevas contiendas”:
- Judiciales, porque la Corte Suprema anuló la concesión.
- Diplomáticas, porque Pekin y Washington presionaron en sentidos opuestos.
- Operativa portuaria, porque la continuidad del transporte marítimo dependía de una transición ordenada.
La pugna, en este caso, se libró en tribunales y en mesas de negociación, pero sus efectos fueron tan estratégicos como los de un conflicto armado.
Implicancias para el futuro
Si aceptamos que las lides armadas tenderán a reducirse por su costo económico y humano, debemos reconocer que las “guerras jurídicas y logísticas” se multiplicarán. Los puertos, las rutas marítimas y las cadenas de suministro serán los nuevos campos de batalla.
Esto implica que:
- Los Estados deberán fortalecer sus marcos legales y judiciales para defender soberanía sin recurrir a la fuerza militar.
- Las empresas multinacionales, como Maersk, MSC o Hutchison, se convertirán en actores geopolíticos de primer orden.
- Los organismos internacionales (Corte Internacional de Justicia, OMC, ONU) serán escenarios cada vez más relevantes para dirimir disputas.
En este sentido, Panamá no es un caso aislado, sino un anticipo de lo que veremos en otras regiones: conflictos que se resuelven en tribunales, pero que afectan directamente al comercio global.
Panamá como espejo de las nuevas disputas
El conflicto portuario en Panamá muestra que las guerras del futuro no se librarán necesariamente con tanques y misiles, sino con fallos judiciales, presiones diplomáticas y decisiones logísticas. La nación asiática perdió influencia, Estados Unidos reforzó su presencia y Panamá reafirmó su soberanía.
Como escribió Blinder: “El poder marítimo se expresa en la capacidad de controlar las reglas del juego”. Y esas reglas, cada vez más, se definen en tribunales y concesiones portuarias.
La lucha se ha desplazado: ya no está en los campos de batalla, sino en los puertos, en los contratos y en las cadenas de suministro. Panamá es la prueba más reciente de esta transformación.
Director en Confluencia Portuaria

