
El 12 de marzo, al caer la tarde, tres buques mercantes fueron alcanzados por proyectiles cerca de Ormuz. Uno de ellos, el Safesea Vishnu, navegaba bajo bandera de las Islas Marshall. Las imágenes de llamas en cubierta recorrieron el mundo y confirmaron lo que analistas venían anticipando: el estrecho más crítico del comercio energético global se convirtió en epicentro bélico y logístico.
Mojtaba Jamenei, nuevo líder supremo iraní, ordenó mantener el cierre como “arma estratégica”. En paralelo, el embajador iraní ante la ONU intentó suavizar el mensaje asegurando que Teherán “no busca bloquear Ormuz”, aunque se reserva el derecho de usar esa palanca. La contradicción expone la tensión interna: diplomacia hacia afuera, presión militar hacia adentro.
Escalada militar y diplomática
La respuesta de Estados Unidos fue ambigua. Donald Trump declaró que “casi toda la marina iraní fue destruida”, pero el Pentágono reconoció que no está listo para escoltar buques comerciales. Europa, por su parte, inició negociaciones discretas con Teherán para garantizar tránsito seguro, mientras Francia alertó que bastarían 300 minas para bloquear el paso.
Michael Singh, del Washington Institute, lo resumió con crudeza: “Ormuz es el cuello de botella más crítico del comercio energético mundial; cada ataque multiplica el riesgo de escalada regional”. En París, analistas de RFI coincidieron: “El minado del estrecho sería un punto de no retorno para la seguridad energética global”.
La narrativa árabe también se hizo escuchar. Medios regionales confirmaron que Irán exige coordinación naval con su marina para cualquier tránsito, lo que equivale a un control unilateral del paso. En palabras de un diplomático del Golfo: “No es cooperación, es supervisión forzada”.
Impacto inmediato en energía y transporte
El petróleo Brent superó los 119,5 dólares y el WTI subió casi 19% en un solo día, pese a la liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas por la Agencia Internacional de Energía. Chris Wright, secretario de Energía de EE.UU., intentó calmar los mercados: “Es una disrupción de corto plazo, no de meses”. Pero la frase sonó más a deseo que a diagnóstico.
Las aseguradoras elevaron primas de riesgo y las navieras evalúan desvíos por el Cabo de Buena Esperanza. El bunker se encarece y acelera el debate sobre GNL, metanol y biocombustibles. En Hamburgo, Rolf Habben Jansen, CEO de Hapag-Lloyd, fue tajante: “La transición energética ya no es ambiental, es resistencia operativa”.
La presión también se siente en América Latina. Con el crudo mexicano por encima de los 90 dólares, las economías regionales enfrentan volatilidad financiera y encarecimiento de importaciones. El Atlántico Sur, donde Argentina refuerza controles contra la pesca ilegal, aparece como espejo: soberanía y recursos en juego, aunque en otro tablero.
Ormuz como símbolo de la crisis global
En un solo día, Ormuz pasó de ser un corredor estratégico a un símbolo de la fragilidad global. Los ataques, el cierre iraní y la falta de respuesta coordinada de Occidente configuran la mayor crisis logística y energética en medio siglo.
La paradoja es evidente: mientras las redes sociales en español se concentran en reality shows y fútbol, el mundo marítimo enfrenta su mayor desafío desde los años 70. La guerra ya no se libra solo con misiles, sino en rutas comerciales, primas de seguro y precios de bunker.
Un analista europeo lo sintetizó en diálogo con Confluencia: “La guerra en Ormuz no se libra solo en el mar, se libra en los balances de las navieras y en la transición energética que nadie estaba preparado para acelerar”.
El Estrecho de Ormuz concentra el 20% del comercio mundial de petróleo. En un solo día, se convirtió en epicentro de ataques, contradicciones diplomáticas e inestabilidad del suministro. Para el sector marítimo, la consecuencia inmediata es riesgo operativo, encarecimiento del bunker y presión sobre la transición energética. La guerra ya no es solo geopolítica: es logística, es energía y es supervivencia.

Director en Confluencia Portuaria

