
El tránsito marítimo por el Estrecho de Ormuz continúa condicionado por las tensiones geopolíticas en Oriente Medio, mientras armadores, cargadores y aseguradoras siguen evaluando riesgos en uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta. Sin embargo, para las principales potencias marítimas del mundo, la preocupación ya no pasa únicamente por este conflicto. El verdadero desafío es que las disrupciones acumuladas durante los últimos años parecen estar modificando las reglas bajo las cuales funcionó el comercio marítimo internacional durante décadas.
Cuando la incertidumbre deja de ser una excepción
La señal llegó esta semana desde el Consultative Shipping Group (CSG), un mecanismo de cooperación que reúne a 18 países con peso decisivo en el transporte marítimo mundial, entre ellos Grecia, Singapur, Japón, Reino Unido, Países Bajos, Dinamarca y Corea del Sur. En un hecho inusual, el organismo emitió una declaración pública para advertir sobre la creciente fragmentación del sistema marítimo global. Según el propio grupo, se trata de su primera intervención pública desde su creación hace más de 60 años.
La importancia del mensaje radica en que el CSG no concentra su análisis en un único episodio de crisis. Por el contrario, vincula una serie de acontecimientos que marcaron los últimos años, desde la pandemia hasta la guerra en Ucrania, las restricciones operativas en el Canal de Panamá y los conflictos en torno al Estrecho de Ormuz. Para el organismo, la acumulación de estos factores está generando incertidumbre permanente y nuevas fricciones para las cadenas de suministro internacionales.
La expansión de un sistema paralelo
Uno de los puntos centrales de la advertencia es el crecimiento de la denominada flota sombra, un conjunto de buques que opera en gran medida por fuera de los circuitos tradicionales de supervisión, aseguramiento y transparencia.
Estimaciones de seguimiento de flotas citadas por distintos analistas internacionales ubican a este segmento en alrededor de 1.500 petroleros, una magnitud suficiente para alterar el funcionamiento de mercados completos vinculados al transporte de hidrocarburos.
Estos buques suelen operar mediante estructuras societarias difíciles de rastrear, cambios frecuentes de bandera y modalidades que dificultan el seguimiento de sus operaciones. Entre las prácticas observadas por organismos y analistas del sector figuran las transferencias de carga entre buques en alta mar y períodos de desconexión de los sistemas automáticos de identificación (AIS), utilizados para el control del tráfico marítimo.
Más allá de la cuestión comercial, el fenómeno genera preocupación por motivos de seguridad operacional y ambientales. Diversos informes internacionales señalan que una parte significativa de estas embarcaciones corresponde a unidades de edad avanzada y mantenimiento difícil de verificar, factores que elevan la atención de aseguradoras, autoridades portuarias y organismos reguladores.
Aun así, el comercio marítimo convencional continúa movilizando la inmensa mayoría de las cargas internacionales. La inquietud expresada por el CSG no apunta a una ruptura inmediata del sistema global, sino a una erosión gradual de las reglas comunes que durante años permitieron previsibilidad en las rutas, los seguros y las operaciones comerciales.
Más costos para una economía dependiente del comercio exterior
La declaración advierte que la fragmentación regulatoria y la aparición de sistemas paralelos terminan trasladándose a toda la cadena logística. Según el organismo, la incertidumbre sobre el acceso futuro a determinadas rutas o puertos afecta la planificación de largo plazo y puede incrementar los costos para empresas y consumidores.
Para la Argentina, el impacto no necesariamente se traduce en el cierre de corredores comerciales. El riesgo principal pasa por una logística progresivamente más costosa y menos previsible.
En un escenario marcado por mayores tensiones geopolíticas, los armadores suelen incorporar recargos asociados al riesgo operativo, mientras que las aseguradoras recalculan coberturas y las cadenas de suministro ajustan itinerarios para reducir exposición a zonas conflictivas. La consecuencia es una presión adicional sobre los costos logísticos de exportadores e importadores.
La situación adquiere especial relevancia para una economía cuya inserción internacional depende de la salida de granos, subproductos agroindustriales, energía y minerales. Cualquier incremento en los costos de transporte marítimo o en los tiempos de tránsito repercute directamente sobre la competitividad de las exportaciones y sobre la capacidad de sostener mercados de largo plazo.
La incertidumbre también llega al Río de la Plata
Para los puertos del Río de la Plata y la Hidrovía Paraná-Paraguay, el desafío no es geográfico sino económico. La evolución de los fletes internacionales, las primas de seguros y la disponibilidad de capacidad naviera termina impactando sobre las decisiones comerciales que toman cargadores, operadores logísticos y exportadores de toda la región.
Cuando las principales potencias marítimas del mundo deciden romper más de seis décadas de silencio institucional para emitir una advertencia conjunta, el mensaje merece atención. La preocupación ya no es únicamente Ormuz, Ucrania o las sanciones internacionales.
Lo que está en discusión es la estabilidad de un sistema que durante décadas permitió que el comercio global funcionara bajo reglas relativamente previsibles. Para países exportadores como la Argentina, la incertidumbre comienza a consolidarse como un costo estructural más del comercio internacional.
Por: Redacción

