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Cuando la omisión se vuelve una forma de ciudadanía
En esta reflexión, el Lic. Guillermo Alejandro Burgos examina la cultura de la omisión en la sociedad argentina y reivindica el pensamiento crítico, la participación ciudadana y la responsabilidad individual como pilares de una democracia.

Fecha de publicación: 14/09/2026

El autor analiza la cultura de la omisión y el papel del ciudadano en la vida democrática.

De la mano del egoísmo, del idealismo o producto de la propia estupidez, o todo eso junto, a menudo traigo la vocación de escribir sobre algunas situaciones sociales, del país. Con la mera intención de llamar la atención por aquello que a mí me cautiva, proponiendo una mirada lateral, distinta y, quien sabe, contributiva, sin pretensión de verdad.

La capacidad de observación instiga a la reflexión y en ese ejercicio cotidiano el intento de mejorar la empatía y el surgimiento del pensamiento crítico, a fin de entender más a las personas, su formación, cultura y costumbre. Parecería que todos vemos lo mismo, pero no es así.

La cultura del silencio y la omisión

Venimos de un larguísimo hábito de no pensar que algo está mal y este hecho le da una apariencia superficial de estar bien. Decir este tipo de cosas parece molestar, lo que no es suficientemente popular suele no obtener el favor general. Herencia de épocas sociales complicadas sobrevuelan frases en la superficie de las calles de la convivencia argentina: “mejor no digas nada”, “andá a saber”, “no te metas”, «no me conviene». Fortísimo legado de padre a hijo.

Inclusive cuando solicitado, en familia o amistad, mucha gente prefiere callar a opinar, o dar respuestas dulces o blandas, para ser políticamente correcto. Aun cuando un empleado del Estado atiende mal las personas -en mayoría- no se quejan, no se manifiestan, callan y mascullan.

Siendo concreto, hay gente responsable en las reparticiones aunque también existen los que no dominan la correcta prestación de servicio, pero sí el mate y el bizcocho, elementos sine qua non del mostrador público. Somos especialistas en la omisión y decididamente esto no es nada bueno. El Estado incluso en su mejor forma no deja de ser un mal necesario y en su peor condición es difícil de tolerar.

El gobierno, chofer de ese aparato llamado Estado hace cosas sin grandes prioridades ni lógica: auspicia películas y novelas, promueve shows, propagandea hechos y paga fortuna por ello, denosta al anterior, reparte cargos, derrocha recursos y distribuye poder aleatoriamente. Todas estas vueltas sin fin de la calesita administrativa empobrece a la Nación y termina haciéndola enfrentarse consigo misma; los unos, felices que están a bordo con sortija garantizada y los otros, mareados abajo de verla girar, con las manos vacías.

Ciudadanía, participación y responsabilidad pública

A nosotros Nación nos cabe manifestarnos con énfasis; si un político es bruto, inapto o kiosquero es así como lo debe ver y tratar la gente, sin contemplaciones e independiente del cargo que ocupe. Un individuo que negligencia, manipula o corrompe cuando en funciones estatales vive en suciedad y vale mucho menos que un sencillo trabajador, honesto y asertivo, en sociedad. Es exactamente de esas personas que debe nutrirse la administración pública y la representación política, una mayor afluencia de la gente común. Los argentinos debemos tomar conciencia que la opresión y la prepotencia deben desaparecer del Estado, del gobierno y del imaginario argentino.

Estoy convencido que se puede mejorar, se debe medrar. Volver al origen, al mundo de las ideas en el cual los gobernantes deben ser los sirvientes del Pueblo y no los propietarios del mismo. Esta ruptura del sistema que se volvió anquilosado y perverso y nos trajo hasta acá es imperiosa, aunque sea un desafío titánico, difícil y asustador. Una nueva postura podrá crear igualdad ante la ley, mayores consensos de los gobernados, verdaderos derechos, vida de mejor calidad, libertad y el intento de buscar la felicidad. Ello es lo que debería nortear siempre a un ciudadano de bien en Democracia.

Nada es nuevo

Es menester una teoría de la Autoridad y de la Justicia que funcionen. Si los gobiernos no les sirven a las personas, si se violan los Derechos Naturales, si se saquean los recursos, la gente debe reclamar con vehemencia, exigir y participar mucho más. Lo que escribo aquí no es nuevo, hay situaciones muy parecidas ya denunciadas en 1776 por Tomas Paine, en su panfleto Common Sense.

Increíble que excesivos 250 años después seguimos en situación bastante semejante. Sigo creyendo en la capacidad del ser humano de actuar racionalmente, hacer juicios razonables del acto público y participar pacíficamente en Democracia, sistema endeble y demasiado manipulable, no obstante aún no se encontró otro mejor.

Por: Lic. Guillermo A. Burgos
Licenciado en Historia (UFPel) y Marino Mercante

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