

Punta Alta. Habiendo transitado de la marina de guerra a la mercante, como él, siento profunda admiración por este irlandés que adoptó al Río de la Plata como su lugar y a nuestro País como su Hogar. Y lo expreso de este modo porque él hizo el camino inverso, desde el seguro transporte de mercaderías entre Argentina y Uruguay a la navegación en navíos de guerra armados y en permanente conflicto.
Acentuado esto por las guerras intestinas y los desentendimientos entre hermanos que aquí ocurrían, sin unanimidad en las decisiones y la escasez de recursos y tripulaciones que esas desaveniencias conllevaban, la determinación y persistencia de este marino pudieron sobrellevar estas adversidades y seguir con el proyecto altruista de consolidación de una bandera, de su pabellón.
Este marino mercante que por razones ajenas a su voluntad, marcadamente por fuerza mayor, se convirtió en almirante de flota, siendo un pilar en la Independencia ante España y a posteriori se sobrepuso a las adversidades para armar su flota, sus buques, defendiendo con extremo coraje a la reciente República ante los embates del Imperio del Brasil.
En mis épocas de la Escuela Naval veía su busto a la salida del comedor de los cadetes, era en ese momento un faro balizador y ejemplo de lo que un oficial de la Armada debe ser, despojado de su propio interés y al servicio de la defensa de la patria en el mar. Siempre que puedo visito su túmulo en el cementerio de la Recoleta y la que fuera su casa en el porteño barrio de Barracas.
El gran Almirante Guillermo Brown, héroe ejemplar de la historia naval argentina, aquél que en la adversidad de la batalla de Quilmes, en julio de 1826, embarcado en el bergantín-goleta 25 de Mayo, pronunció una frase para la eternidad, “Irse a pique antes que rendir el pabellón”.
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