
📌 El hecho
La administración estadounidense formalizó su rechazo al marco Net-Zero propuesto por la Organización Marítima Internacional (OMI), órgano especializado de la ONU. La iniciativa busca reducir las emisiones del transporte marítimo internacional, responsable de cerca del 3 % de las emisiones globales de CO₂ y clave en el comercio mundial.
El documento, firmado por los secretarios de Estado, Comercio, Energía y Transporte, califica la propuesta como un “impuesto global al carbono sobre los estadounidenses” y advierte que beneficiaría a competidores como China, encareciendo combustibles y afectando al consumidor local. Además, amenaza con represalias diplomáticas contra países que apoyen el marco, cuya votación está prevista para octubre.

La propuesta de la OMI incluye estándares globales de combustibles marítimos con menor huella de carbono y un mecanismo de precios para emisiones contaminantes, con entrada en vigor en 2027 y revisión en 2030. La meta final: alcanzar la neutralidad climática en 2050.
🧭 ¿Una jugada aislada?
El rechazo estadounidense no es un gesto aislado. Se inscribe en una serie de decisiones recientes que incluyen la salida del Acuerdo de París, la desfinanciación de la OMS y la oposición a tratados sobre plásticos y biodiversidad. Todas comparten una lógica de confrontación con organismos que promueven estándares globales.
Las implicancias son profundas. En primer lugar, EE.UU. no solo rechaza una política ambiental, sino que deslegitima la autoridad de un organismo multilateral, debilitando la arquitectura regulatoria global en materia climática. En segundo lugar, si el marco se aprueba sin EE.UU., sus buques podrían enfrentar restricciones técnicas y comerciales en puertos que sí lo adopten, generando tensiones normativas y logísticas. Además, la amenaza de represalias podría condicionar el voto de países indecisos, afectando el equilibrio geopolítico dentro de la OMI. Finalmente, sin reglas comunes, la transición energética del sector será desigual, con efectos directos sobre los objetivos climáticos de 2030 y 2050.
Para algunos analistas, esta postura responde a una lógica anti-“woke” que atraviesa la política exterior de Trump: desconfianza hacia organismos multilaterales, defensa de la soberanía energética y rechazo a regulaciones percibidas como ideológicas. En ese marco, el rol de EE.UU. en la arquitectura marítima global ya no se define por liderazgo técnico, sino por oposición estratégica.

Analista Internacional

