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En homenaje a la Sra. Cristina Calderón
Hace escasos días falleció la "Abuela Cristina", última hablante nativa del idioma yagán. Tuve el privilegio de interactuar con ella en algunas ocasiones y guardo celosamente en mi acervo aquellas breves charlas y experiencias. Defensora a ultranza de las costumbres e idioma del pueblo Yagán, su impronta permanecerá por siempre en este confín austral.

Fecha de publicación: 18/02/2022

Foto: GAB

Buenos Aires. Navegando en la Patagonia austral realicé centenas de cruces, desde Argentina a los puertos de la prístina isla chilena Navarino. La característica insular de este territorio y la desventaja climática hacen de esta zona subantártica la menos poblada de América.

Un zarpe sería muy especial, cuando conocí a Cristina Calderón, última hablante nativa del idioma yagán, considerada «Tesoro Humano Vivo» por el gobierno chileno. Esta señora de piel cobriza tuvo a su resguardo esa parte fundamental de la cultura milenaria de los pueblos originarios del extremo sur de la Patagonia.

La Sra. Calderón descendió del transporte junto a sus acompañantes, de una presencia imponente, seria, rostro surcado de experiencia y frío; a pesar de ello, una persona lejos de ser vista como una anciana, aun en lo alto de sus ocho décadas, en ese momento.

En Navarino la gente la llamaba “abuela Cristina” al dirigirse a ella. Recuerdo que cuando fui a solicitarle su identidad para completar la lista de pasajeros usé esa expresión, me miró y seria me dijo: Ud. no tiene edad para ser mi nieto, a lo que le respondí, quédese tranquila Señora Calderón, es cierto, tengo edad para ser su hijo; ella había nacido en 1928, el mismo año de mi padre.

A la hora de la partida fui hasta su asiento en popa a brindarle información sobre la travesía y la meteorología no muy favorable, le pregunté si estaba todo bien y tranquila, a lo cual me respondió que sí, que no le temía al canal en el cual navegaba desde niña, pero sí le debía respeto.

Ella era una persona cordial, educada, no era fácil sacarle fotos, de pocas palabras honrando ese perfil de laconismo típico de su pueblo. Navegó varias veces conmigo y con la confianza que fui adquiriendo con ella tuve la oportunidad de ir tratándola más, en cortos diálogos que fui atesorando a medida que la recibía a bordo, en cada ocasión.

Las demoras en obtener las autorizaciones para los zarpes nos han hecho aguardar juntos y con mucho tacto solía preguntarle cosas, en diálogo respetuoso. Muy reservada pero una vez que se sentía cómoda mostraba su afabilidad, siempre muy bien custodiada por su hija, sobrina o nieta.

Doña Calderón, depositaria de una cultura milenaria maravillosa, cuyo grupo familiar reducido se mantenía con casi nada alrededor de un pequeño fuego, en tierra o en las canoas. Sobrevivientes admirables en uno de los más rudos, hostiles y extremos ámbitos geográficos del mundo. En el devenir indefectible de las generaciones americanas, las antecesoras siempre aportan, o genética o hábitos sociales absorbidos por quien las sucede.

Dejó un legado inmenso sobre estos pescadores, cazadores y recolectores. Alacalufes, Kawésqar, Wollaston o Yaganes, gente de mar, canoeros que vivieron y navegaron en estas aguas miles de años antes que nosotros, con recursos ínfimos y una barca de tronco. Cristina fue y será un eslabón cultural y cumplió su rol en total armonía con su espacio y su gente, dejando una herencia de perfecta coexistencia con el medio natural.

Su mítica imagen ya está marcada en los muelles Guardián Brieto o Pratt, en la caleta de los pescadores, en la rampa de transbordadores, en el Club Náutico Micalvi o en caleta Mejillones. Estará por la eternidad presente en cada humo o fuego que se divise, en cada estela de barco que surque el Onashaga, por siempre su Hogar.

Por: Lic. Guillermo Alejandro Burgos - Twitter: @GABurgosOk
Licenciado en Historia por la Universidad Federal de Pelotas, RS, Brasil. Oficial de la Marina Mercante.

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