
Buenos Aires. En una época marcada por la aceleración informativa, la fragmentación de vínculos y la sobreexposición discursiva, ¿puede una enseñanza de hace más de 4.000 años interpelarnos? La respuesta, sorprendentemente, es sí.
El pensamiento de Ptahhotep, visir del Egipto faraónico, advertía que «La lengua puede destruir más que el hierro», recordándonos que el lenguaje no es neutro: construye, erosiona o transforma realidades. Esta afirmación, lejos de ser anacrónica, ilumina nuestra sociedad actual, donde el chisme, la desinformación y la agresividad verbal amenazan la cohesión social tanto como la violencia física.
En este marco, la figura de Maat —diosa del orden, la justicia y la verdad— se erige como símbolo ético frente al caos representado por Isefet. Maat no es sólo un concepto mitológico; es una propuesta filosófica para recuperar la armonía en los vínculos humanos. En lugar de la polarización, propone balance; en lugar del egoísmo, solidaridad; y en lugar del ruido, la palabra justa.
Como escribió el filósofo argentino Santiago Kovadloff, “las malas políticas se combaten ahora con malas palabras.” Esta frase, cargada de lucidez crítica, retrata con precisión el clima discursivo contemporáneo, donde la descalificación se confunde con pensamiento y el grito reemplaza al argumento. Kovadloff advierte que detrás del lenguaje cloacal hay una crisis ética profunda, una fractura del pacto republicano que exige, más que nunca, recuperar el respeto como principio político y humano.
Esta relectura nace del diálogo entre hermanos, entre historiador y comunicador, entre el saber clásico y el compromiso editorial. Porque a veces, mirar al pasado nos ayuda a entender los mecanismos del presente —y tal vez, a transformarlos.
Director en Confluencia Portuaria

