
Equivocado el impulsivo presidente Javier Milei, junto con su gabinete y el círculo cercano de asesores. No existía ni necesidad ni urgencia en un país marcado por una inercia de lentitud centenaria, que además sostiene un Congreso cuya función específica es legislar.
Como justificativo se alegó la necesidad de conocimiento y experiencia previa en el área, argumento que resulta falso. Basta un ejemplo: en el Ministerio de Transporte se designó a un contador y a un arquitecto, sin especialistas en logística. También se nombraron funcionarios por amistad o conveniencia, sin importar capacidad o formación. Scioli es otro caso: permanece como ministro de Turismo, intocable y sin cuestionamientos.
El ministro de Defensa debería ser civil, o en su defecto un militar retirado. La política está a un abismo de la mentalidad forjada en la obediencia de los cuarteles, y esa distancia es saludable. En el ámbito político es necesario el debate, la discusión y la posibilidad de decir “no”, aunque ello implique perder el cargo.
No pasa por sus conocimientos
Un general puede haber leído a Grant, Lee, Sun Tzu o Maquiavelo, conocer profundamente su ejército y las armas, pero desconoce los meandros de un ministerio, el personal de planta permanente y los sindicatos. Estos actores no responden a órdenes, sino a conveniencias económicas y al color político que los instaló allí, a birome o a dedo, durante las últimas tres décadas.
El general convocado necesitará suerte, especialmente cuando enfrente a un empleado de planta permanente que lo atienda en musculosa, con mate y bizcochos, de lunes a viernes y en horario reducido.
En el gobierno, antes de decidir entre cuatro, deberían consultar a cuarenta. Preferentemente a personas con conocimiento, percepción, sentido común y experiencia. El promedio de muchas opiniones disipa la prepotencia de pocos y seguramente conduce a decisiones más acertadas. El presidente, que se declara hábil con los números, debería saberlo. La biología también lo explica: el endemismo no es bueno.
Tengo la convicción de que en Argentina es un error designar a un militar en actividad como ministro de Defensa. No se trata de capacidad, porque muchos oficiales la tienen de sobra, sino de principios institucionales. Ejemplos sobran, incluso en este país. En Brasil, Bolsonaro y sus generales no tuvieron buenos resultados.
Aceptar ese cargo por parte de un oficial superior resquebraja la estructura construida durante su carrera, generando automática desconfianza entre pares y subordinados. Alea jacta est con este Decrētum. Imagino, sin embargo, que el general mantendrá la misma vida que su tropa: comida, obra social y condiciones básicas. Cuestión sine qua non para conducirla.
El general Douglas MacArthur dijo: “Los soldados viejos no mueren, simplemente se desvanecen”; agrego yo: “o se transforman en ministros”.

Licenciado en Historia

