
El tránsito del paleolítico al neolítico, extendido por al menos dos milenios, significó que el ser humano dejara de ser exclusivamente cazador y recolector. Poco a poco comenzó a permanecer más tiempo en lugares con agua y alimento suficiente. Allí surgieron los primeros signos de sedentarización y, con ellos, manifestaciones culturales y creencias. La arqueología permite reconstruir este modo de vida inicial, donde la mujer desempeñó un papel central gracias a su conocimiento de raíces, frutas y semillas.
De cazadores a agricultores
El aumento de la disponibilidad de alimentos trajo consigo mayor longevidad y crecimiento poblacional. Mientras los grupos cazadores-recolectores tenían descendencia limitada, la agricultura multiplicó la población en pocos siglos. La mano de obra disponible permitió abrir surcos, sembrar y cosechar, consolidando la actividad agrícola como base de la vida comunitaria. La apropiación de territorios para cultivar introdujo nuevas tensiones. El instinto beligerante, antes orientado a la supervivencia, se transformó en defensa de la propiedad. Sin embargo, la cooperación también fue esencial: la dificultad de obtener alimentos impulsó la colaboración entre vecinos.

En paralelo, los mayores o inaptos para la caza encontraron un rol en las aldeas: cuidaban el fuego y asumían funciones de brujos, chamanes o curanderos. Su influencia fue decisiva en el surgimiento de rituales, mitos y prácticas religiosas. La curandería, basada en hierbas y recursos naturales, se convirtió en una forma temprana de medicina. La sedentarización otorgó tiempo para pensar, inventar y crear. La escritura nació en el Creciente Fértil hace unos seis mil años, con un propósito práctico: contabilizar excedentes agrícolas. La metalurgia, por su parte, aceleró la domesticación de la naturaleza con mejores arados y utensilios, aunque también sofisticó la tecnología bélica en Mesopotamia y Persia.
Ambición y legado
Con el progreso, los liderazgos dejaron de ser familiares y se transformaron en estructuras más complejas, gobernadas desde templos y regidas por códigos como las Leyes del Talión. Estos comportamientos, basados en justicia consuetudinaria y sanciones severas, aún encuentran ecos en prácticas contemporáneas. La agricultura, iniciada hace 10 a 12 mil años, es reciente en comparación con la larga existencia del homo sapiens. Sin embargo, su impacto fue decisivo: permitió el surgimiento de ciudades, Estados y sociedades organizadas. También reveló la ambición humana, que derivó en codicia, poder y prestigio.
La reflexión final es clara: si la agricultura dio tiempo para vivir mejor, hoy la tecnología y el conocimiento histórico deberían orientarnos hacia un camino distinto. El desafío contemporáneo es desarmar la ambición y construir sociedades más solidarias, aprendiendo de los aciertos y errores de nuestros antiguos.

Licenciado en Historia (UFPel)

