
La escena parece salida de un manual de guerra híbrida: un pesquero filipino navegando en su propia zona económica exclusiva, rodeado de decenas de barcos de la Guardia Costera y de la llamada “milicia marítima” china. El episodio del 2 de diciembre de 2025, documentado por medios locales y analistas internacionales, muestra cómo Beijing utiliza a miles de embarcaciones civiles como proxy de su poder naval, hostigando a pescadores y normalizando su presencia en aguas disputadas.
La estrategia es clara: ocupar sin disparar, desgastar la soberanía de los países vecinos y consolidar el control bajo la polémica “línea de nueve trazos” que China reclama sobre casi todo el Mar del Sur de China. Filipinas, Vietnam y Malasia han denunciado reiteradamente estas incursiones, pero la magnitud del fenómeno —decenas de miles de barcos operando como “pequeños hombres azules”— convierte cada protesta en un eco frente a una maquinaria organizada.
Una amenaza que va más allá de la pesca
La milicia pesquera china no solo compite por recursos. Su presencia masiva daña ecosistemas marinos vitales, como arrecifes de coral y zonas de reproducción de especies clave. El impacto ambiental se suma al económico: comunidades costeras filipinas ven reducidas sus capturas y enfrentan riesgos crecientes al salir a faenar.
“Cuando China esté pescando en el patio trasero de tu casa, será tarde para reaccionar”, advirtió un dirigente pesquero filipino tras el último incidente. La frase resume el sentimiento de vulnerabilidad de miles de familias que dependen del mar para sobrevivir.
Respuesta filipina y regional
El gobierno de Filipinas ha intensificado su modernización naval y la vigilancia marítima, consciente de que la presión china es sostenida y creciente. La cooperación con aliados como Estados Unidos busca reforzar la capacidad de respuesta, pero la asimetría de fuerzas es evidente.
En abril de 2025, tras un nuevo incidente con embarcaciones chinas en aguas cercanas a Zambales, la portavoz presidencial Claire Castro transmitió la preocupación oficial: “El gobierno observa con consternación y ansiedad que la situación en el West Philippine Sea solo puede empeorar si no se actúa con firmeza”. Meses más tarde, en junio, la Guardia Costera de Filipinas difundió imágenes de un “enjambre ilegal” de barcos chinos y advirtió: “Estas embarcaciones ocupan nuestras aguas durante semanas, erosionando nuestra soberanía”. Ambas declaraciones reflejan el tono de alarma creciente en Manila y aportan la dimensión humana y política que acompaña a la presión logística y ambiental que ejerce la milicia pesquera china.
La comunidad internacional observa con preocupación: lo que hoy ocurre en el Mar del Sur de China es un laboratorio de tácticas de “zona gris” que podrían replicarse en otros escenarios marítimos estratégicos. La logística, el comercio y la seguridad regional están en juego.
Paralelismo con el Atlántico Sur
La presencia masiva de pesqueros chinos no es un fenómeno exclusivo del Sudeste Asiático. En el Atlántico Sur, dentro de las 200 millas de la Zona Económica Exclusiva argentina, las incursiones de flotas extranjeras son permanentes y han sido denunciadas en múltiples ocasiones por organismos oficiales y especialistas.
La presión sobre los recursos pesqueros nacionales se combina con un dato incómodo: los sucesivos gobiernos argentinos, lejos de confrontar con firmeza, han profundizado acuerdos comerciales con China, incluso mientras sus embarcaciones operan en los límites de nuestra soberanía marítima. El paralelismo es evidente: tanto en Filipinas como en Argentina, la estrategia china se apoya en la magnitud de sus flotas y en la capacidad de transformar la presencia pesquera en un instrumento de poder geopolítico.
La milicia pesquera china es más que un grupo de barcos: es una herramienta de poder estatal que combina pesca, control territorial y presión diplomática. El incidente del 2 de diciembre confirma que la presión silenciosa se ha vuelto abierta. Para Filipinas y sus vecinos, el desafío es doble: defender la soberanía y proteger la vida marina, antes de que la normalización de estas incursiones convierta el mar en un territorio perdido.
Por: Redacción

