
La OMI enfrenta una encrucijada decisiva. Lo que debería ser un foro técnico para acordar la transición energética del transporte marítimo se ha convertido en un campo de batalla político, donde la desconfianza domina y los intereses económicos marcan el ritmo. Como editor, no confío en los países que corren por la descarbonización con discursos grandilocuentes: detrás de cada propuesta hay lobbies de combustibles alternativos, desde el metanol hasta el amoníaco, que buscan capturar mercados más que salvar al planeta. La OMI, debilitada y cuestionada, parece incapaz de liderar un proceso serio.
La OMI en crisis de credibilidad
La credibilidad de la OMI se erosiona con cada sesión fallida. En 2025, el Net‑Zero Framework quedó en suspenso por maniobras procedimentales: Arabia Saudita logró imponer una moción que pospuso la votación, retrasando todo un año el debate. Ahora, en 2026, se anticipa un nuevo bloqueo. El problema no es técnico, sino político: reglas improvisadas, procedimientos manipulados y falta de confianza entre los actores.
Ralph Regenvanu, Ministro de Cambio Climático de Vanuatu, fue categórico: “Cada retraso es un golpe directo a los países más vulnerables. Es inaceptable que se juegue con el futuro de nuestras comunidades por intereses petroleros.”
Y uno no puede dejar de pensar en la sentencia de Balzac: “La burocracia es un mecanismo gigante operado por pigmeos.” Esa frase, tan brutal como certera, describe exactamente lo que vemos: un aparato enorme, incapaz de dar respuestas a la altura de los problemas que enfrenta.
Voces a favor de acelerar
Dominik Schneiter, CEO de WinGD, lanzó una advertencia que resonó en la industria: “Si la OMI fracasa en acordar un mecanismo de precios para las emisiones, retrasará la descarbonización que ni el sector ni el planeta pueden permitirse. Cada año perdido es un golpe directo a la credibilidad de la industria.”

Arsenio Domínguez, Secretario General de la OMI, reforzó la urgencia con un mensaje claro: “Ya hemos gastado dinero contaminando el ambiente. Es hora de invertir en limpiarlo y hacerlo sostenible para futuras generaciones. No hay más tiempo para excusas.”
Ambas voces reflejan la presión de quienes ven en la descarbonización una necesidad impostergable, más allá de los costos inmediatos. Para ellos, la transición energética no es una opción, sino una obligación moral y estratégica.
Voces críticas y cautelosas
No todos comparten ese entusiasmo. Imranul Laskar, experto en transporte marítimo de la Universidad de British Columbia, advirtió: “La industria probablemente no alcanzará la meta de cero emisiones en 2050. Las trayectorias son inciertas y dependen de gobernanza real, no de slogans. Sin un marco sólido, hablar de transición es pura retórica.”
Un delegado estadounidense en la OMI fue aún más duro: “El marco net‑zero es un impuesto al carbono disfrazado. Encarecerá costos para consumidores y pondrá en riesgo la competitividad de nuestras flotas. No vamos a aceptar reglas que destruyan empleos en nombre de una agenda ideológica.”
Y aquí es donde cobra sentido la ironía de Upton Sinclair: “Es difícil conseguir que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda.” No hace falta explicar demasiado: Arabia Saudita y otros delegados actúan como si no pudieran comprender la urgencia, pero en realidad lo que no quieren es poner en riesgo sus negocios fósiles.
El peligro de las reglas inconsultas
El mayor riesgo no está en las cifras ni en los plazos, sino en las reglas. En 2025, Arabia Saudita logró imponer un cambio procedimental que pospuso la votación del Net‑Zero Framework. Ahora, se anticipa que Estados Unidos y aliados intenten nuevamente modificar las reglas de aprobación, pasando de tácita a explícita, lo que pondría en riesgo la legitimidad del proceso.
Cada cambio inconsulto erosiona la confianza y multiplica la percepción de que la OMI es incapaz de liderar una transición energética seria.
Como recordaba Douglass North: “Las instituciones son las reglas del juego en una sociedad; son las limitaciones ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana.” Si esas reglas se manipulan a conveniencia, lo que se destruye no es solo un procedimiento: se destruye la legitimidad misma de la institución.
La OMI enfrenta su prueba más dura: demostrar que puede ser un foro global confiable o quedar atrapada en la desconfianza y el boicot. Si las reglas se cambian sin consenso, el resultado será un retroceso histórico para la gobernanza marítima y un golpe a la credibilidad de la transición energética. La descarbonización del transporte marítimo exige certezas, no improvisaciones.
Y aquí conviene recordar a Orwell: “En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.” Denunciar que detrás de la descarbonización no está solo “salvar al planeta”, sino una guerra por quién dominará la energía del futuro, es precisamente ese acto de verdad que incomoda.

Director en Confluencia Portuaria

