
El caso de NORDEN y MASH Makes funciona como disparador. En 2023, la naviera danesa tomó participación minoritaria en la start‑up indo‑danesa dedicada a producir biofuel a partir de biomasa. La empresa no logró levantar capital para su “next phase” y fue declarada en bancarrota en 2024. El episodio refleja la fragilidad de los proyectos emergentes y abre un debate mayor: ¿quién controla el futuro del biofuel y bajo qué condiciones?
Actores y riesgos de concentración
El desarrollo del biofuel está en manos de un mapa mixto. Por un lado, las grandes energéticas como Shell, BP y TotalEnergies, que cuentan con divisiones específicas de biocombustibles. Por otro, navieras como NORDEN y Maersk, que buscan reducir emisiones en sus flotas. A esto se suman start‑ups tecnológicas, dependientes de rondas de inversión y subsidios, y gobiernos que fijan mandatos de mezcla y financian proyectos.
El riesgo de cartelización existe: el mercado es aún fragmentado, pero los grandes productores de energía podrían concentrar la oferta. La dependencia de subsidios y contratos a gran escala aumenta la posibilidad de que pocos actores dominen. La entrada de start‑ups y cooperativas agrícolas funciona como contrapeso, aunque con fragilidad financiera. La quiebra de MASH Makes es prueba de esa vulnerabilidad.
Costos, accesibilidad y sostenibilidad
El biofuel reduce emisiones de CO₂ si se produce con biomasa sostenible, pero su accesibilidad es limitada. Requiere infraestructura específica y apoyo estatal. El riesgo es que se convierta en un combustible “verde” pero elitista, más caro y menos disponible que el petróleo.
Hoy producir biofuel cuesta entre dos y cinco veces más que el fuel oil bajo en azufre. Los costos dependen de electricidad renovable, biomasa y procesos de captura de CO₂. El petróleo sigue siendo más barato por infraestructura madura y economías de escala globales. La expectativa es que los costos bajen con innovación y producción masiva, pero la transición será lenta.
La sostenibilidad no puede quedar en manos de pocos actores ni convertirse en un lujo inaccesible. El desafío es lograr que el biofuel sea realmente una alternativa ecológica, competitiva y disponible para todos. La quiebra de MASH Makes recuerda que la transición energética requiere más que promesas: necesita capital, políticas claras y un modelo de gestión que evite la concentración y garantice accesibilidad.
Por: Redacción

