
El comercio argentino se discute, casi siempre, en toneladas. Cereales, harinas, combustibles, contenedores. Esa métrica es correcta para la hidrovía y para el ranking de terminales. Es incompleta para describir la infraestructura que sostiene el resto de la economía: pagos, contratos, operaciones portuarias, plataformas logísticas y hasta el AIS que localiza al buque. Esa capa no viaja en bodega. Viaja por el lecho.
Se estima que más del 95% del tráfico internacional de datos circula por cables submarinos. Google, Meta, Microsoft y Amazon no solo consumen esa red: participan de su expansión. Firmina, el sistema de Google que une la costa este de Estados Unidos con Praia Grande, Punta del Este y Las Toninas, es el ejemplo más reciente de esa lógica. Un cable de unos 14.500 kilómetros no es un accesorio de telecomunicaciones. Es una ruta comercial.
Las Toninas concentra lo que el mapa portuario dispersa
En la costa argentina, la geografía digital no se parece a la geografía de la carga. Casi todo el tráfico internacional de fibra amarra en Las Toninas, en el Partido de La Costa. Allí convergen sistemas como SAm-1, SAC, Tannat, Malbec, Bicentenario, Unisur y Firmina. Es el principal punto de aterrizaje del Atlántico Sur argentino. Esa densidad es una ventaja operativa. También es un cuello de botella.
Un puerto de granos se diseña para no depender de un solo muelle. La conectividad internacional del país, en cambio, depende de un tramo corto de playa bonaerense. Chubut ya planteó un segundo punto de amarre y un corredor bioceánico digital, con el argumento de energía, zona franca y distancia respecto de Las Toninas. El proyecto está en fase de intención más que de obra. Pero el diagnóstico es difícil de refutar: concentrar el 95% o más del tráfico en un solo aterrizaje es un riesgo de red, no una nota al pie.
Ahí aparece el cruce que el debate portuario todavía no hace. Un cable no “llega a la Argentina” cuando toca la arena. Llega cuando existe estación de aterrizaje, energía estable, fibra terrestre, latencia previsible y un entorno capaz de alojar procesamiento. Sin data center, sin potencia firme y sin seguridad física, el amarre es solo un tubo. Con esas piezas, el litoral deja de ser únicamente un frente de carga y pasa a ser nodo.
El sudoeste bonaerense tiene muelle. Le falta la pregunta digital
Bahía Blanca y el sudoeste bonaerense reúnen atributos que el mercado de datos mira en otras costas: espacio, salida atlántica y una matriz energética que el AMBA no ofrece con la misma holgura. Dock Sud tiene demanda y cercanía al consumo. La Patagonia tiene distancia geográfica, que es exactamente lo que pide un plan de redundancia. Ninguno de esos perfiles reemplaza a Las Toninas. El punto no es mudarla. Es dejar de tratarla como si fuera el único posible “puerto” de bits.
El shipping ya conoce el tipo de amenaza. Anclas, pesca de arrastre, obras costeras y, en el peor escenario, sabotaje. Un corte de cable no figura en el draft survey, pero interrumpe bancos, aduanas, operadores y plataformas que hoy dan por sentada la red. La misma lógica que se aplica a un canal o a un estrecho vale para la fibra: la ruta crítica no se ve, hasta que se corta.
La Argentina puede seguir midiendo su litoral solo en toneladas. Es una métrica imprescindible. No es la única. El tráfico que más crece no espera un dragado: ya está tendido en el fondo. La decisión es si los puertos quieren ser meros vecinos de esa red o parte de su ecosistema. Lo segundo no reemplaza al grano. Lo que sí puede ocurrir es que otros litorales de la región se queden con las dos cargas: la que se ve en el muelle y la que no se ve en el mapa.
Por: Redacción

