
Durante más de un siglo, Europa ha buscado liderar las transformaciones tecnológicas y ambientales. La inclusión del transporte marítimo en el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión (ETS) responde a esa lógica, pero su aplicación ha generado efectos colaterales que hoy amenazan la competitividad portuaria.
Competitividad desigual y desvío de tráficos
La normativa se aplica únicamente en puertos comunitarios, lo que provoca que las navieras desvíen tráficos hacia enclaves vecinos como Reino Unido, Turquía y Egipto. Estos países, al no estar sujetos al ETS, ofrecen costos más bajos y mayor flexibilidad operativa. El resultado es una pérdida de cuota de mercado para los puertos europeos, que ven cómo servicios de larga distancia se relocalizan fuera de la UE.
El presidente de la Autoridad Portuaria de Valencia, Joan Calabuig, lo expresó con claridad: “Estamos a favor de la descarbonización, pero no podemos aceptar que se haga a costa de nuestra competitividad. Si las reglas no son globales, el tráfico se va.”
Falta de gradualidad y ausencia de coordinación internacional
Otro error de diseño fue la falta de gradualidad. La normativa entró en vigor de manera rápida, sin un período de transición que permitiera a puertos y operadores adaptarse. La consecuencia fue un shock regulatorio que coincidió, además, con crisis externas como el desvío de rutas por el Mar Rojo.
La ausencia de coordinación internacional agrava el problema: sin un marco global, el ETS europeo termina incentivando la relocalización de servicios hacia terceros países. La paradoja es evidente: una política pensada para liderar la transición verde termina debilitando la conectividad interna y fortaleciendo competidores externos.
En palabras de Isabelle Ryckbost, secretaria general de la European Sea Ports Organisation (ESPO): “La UE no puede ir sola en este camino. Necesitamos un marco internacional que evite fugas de carbono y fugas de tráfico.”
Impacto económico directo y necesidad de revisión
Los informes recientes muestran que los puertos europeos pasaron de controlar más de dos tercios de la actividad medida en TEU‑milla en 2023 a poco más de la mitad en 2025. Reino Unido duplicó su participación, mientras Egipto y Turquía registraron incrementos notables. Este impacto económico directo se traduce en pérdida de ingresos, reducción de empleo y debilitamiento de cadenas logísticas.
La Comisión Europea enfrenta ahora la presión de revisar el esquema en julio de 2026. La pregunta es si logrará equilibrar el objetivo ambiental con la necesidad de blindar competitividad. El dilema es claro: sin ajustes, el ETS marítimo corre el riesgo de convertirse en un incentivo para que las navieras eviten puertos comunitarios. Con ajustes, puede transformarse en una herramienta eficaz de transición energética que preserve la posición estratégica de Europa.
Lo que falla no es la meta de descarbonizar, sino la arquitectura del esquema. Se diseñó con lógica ambiental, pero sin blindar la competitividad portuaria frente a terceros países. Aquí cobra sentido la máxima de Frank Lloyd Wright: “El médico puede enterrar sus errores, pero el arquitecto solo puede aconsejar a sus clientes que planten enredaderas.”
El ETS marítimo, tal como está concebido, expone sus errores a plena vista: no pertenece al entorno competitivo global, lo distorsiona. La revisión de julio será decisiva para corregir el rumbo y evitar que la transición verde se convierta en un boomerang económico y logístico.

Director en Confluencia Portuaria

