
El Estrecho de Ormuz volvió a ser escenario de violencia en las últimas 48 horas. Un petrolero de bandera panameña fue alcanzado por un dron iraní, mientras otro mercante sufrió daños en su puente de mando. La respuesta de Estados Unidos fue inmediata: bombardeó instalaciones militares iraníes, destruyendo depósitos de drones y radares costeros. Washington calificó los ataques como “violaciones insensatas” del alto el fuego firmado el 17 de junio, que en la práctica no logra frenar la espiral de violencia.
Escalada militar y diplomática
Irán, por su parte, justificó las acciones como legítima defensa y advirtió que no garantiza seguridad fuera de las rutas oficiales. La ONU y la OMI multiplican llamados a la calma, pero sus esfuerzos no logran frenar la escalada. La situación diplomática es igualmente frágil: Estados Unidos y Teherán discuten un texto de 14 puntos para un eventual acuerdo, mientras Israel y Líbano avanzan en un marco de retirada parcial de tropas. Sin embargo, la desconfianza domina y cada ataque erosiona las posibilidades de paz.
El analista Shanaka Anslem Perera sintetizó la paradoja del momento: mientras se habla de alto el fuego, los líderes actúan en dirección contraria. Mojtaba Jomeini ordenó abrir tribunales para juzgar a dirigentes extranjeros, Trump escribió que Irán “deja de existir” y el propio liderazgo iraní discutió públicamente sobre el petróleo entregado a la Guardia Revolucionaria. “Lee con cuidado las acciones, no la palabra alto el fuego”, advirtió Perera, subrayando que nadie se comporta como si la guerra hubiera terminado.
Impacto en el tránsito marítimo
Más allá de los anuncios, el tránsito por Ormuz está muy lejos de normalizarse. En las últimas 24 horas, apenas 35 buques lograron cruzar bajo escolta militar iraní. Más de mil barcos permanecen bloqueados, con mercancías valoradas en 110.000 millones de dólares y unos 20.000 marinos atrapados a bordo. La logística global enfrenta un colapso sin precedentes: cargamentos de crudo, gas natural licuado y fertilizantes permanecen inmovilizados, afectando cadenas de suministro en Europa, Asia y África.
La OMI recomienda evitar cruces hasta que existan garantías de seguridad, mientras las aseguradoras elevan primas y restringen coberturas. El riesgo de incidentes es alto: cada tránsito escoltado implica exposición a ataques y represalias. Las refinerías europeas ajustan producción hacia combustibles alternativos, y países del Golfo buscan rutas terrestres y oleoductos para sortear el bloqueo.
Sudamérica observa con preocupación. Aunque no depende directamente de Ormuz, el impacto en precios internacionales de combustibles y logística repercute en toda la región. La vulnerabilidad de los corredores energéticos globales obliga a anticipar reservas y diversificar rutas.
Paradoja en los mercados energéticos
El elemento más desconcertante es la reacción de los mercados. Pese a los ataques, bombardeos y bloqueos, el precio del petróleo cayó a mínimos desde febrero: el Brent cerró en 73 dólares y el WTI en 70. La explicación está en la lógica fría de los traders: la expectativa de una liberación masiva de barriles acumulados presiona a la baja, mientras la demanda global muestra signos de desaceleración.
Los mercados financieros operan con coberturas que amortiguan el impacto inmediato. La confianza parcial en un acuerdo, aunque frágil, alimenta la idea de que habrá algún nivel de tránsito asegurado. Además, la diversificación de rutas energéticas reduce la dependencia absoluta de Ormuz.
El New York Times destacó que los mayores beneficiarios financieros del cierre de Ormuz fueron Estados Unidos, con unos 50.000 millones de dólares adicionales por ventas de petróleo, y Rusia, con más de 15.000 millones. Irán también incrementó ingresos, mientras aliados del Golfo como Irak, Kuwait, Qatar y Emiratos Árabes Unidos sufrieron pérdidas. Arabia Saudita y Omán lograron amortiguar el golpe gracias a rutas alternativas. La paradoja es evidente: el país que inició la guerra y su adversario sancionado fueron los que más ganaron, mientras los socios de Washington quedaron debilitados. La reapertura del estrecho no es solo un tema de seguridad, también implica poner fin a una bonanza que se volvió políticamente insostenible en Estados Unidos.
Para los decisores logísticos, esta paradoja es clave: la tensión militar no se traduce en alza de precios, pero sí en volatilidad extrema. La planificación debe contemplar escenarios de sobreoferta súbita y caídas abruptas, tanto como riesgos de escalada militar.
Mirada estratégica
El balance de las últimas 48 horas es claro: ataques a buques, bombardeos estadounidenses y miles de marinos atrapados confirman que el conflicto está lejos de resolverse. El tránsito marítimo sigue bajo control armado, la diplomacia avanza a los tumbos y los mercados energéticos operan desconectados de la realidad militar.
Para Sudamérica, la lectura sugerida a los decisores logísticos es directa: anticipar reservas, diversificar rutas y blindar contratos de suministro. La resiliencia logística no es una opción, sino un requisito estratégico en un escenario donde la geopolítica y los mercados se mueven en direcciones opuestas.

Director en Confluencia Portuaria

