
El Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo mundial, se convirtió desde marzo de 2026 en epicentro de un enfrentamiento tragicómico. Irán alterna cierres y aperturas del paso marítimo como herramienta de presión, mientras EE.UU. endurece su bloqueo naval. El 19 de abril, la captura del carguero iraní Touska por la marina estadounidense marcó un punto de inflexión: fue la primera incautación efectiva desde el inicio del bloqueo. La reacción iraní fue inmediata, denunciando “piratería marítima” y prometiendo represalias.
Ese mismo día, Donald Trump declaró que “Irán no puede chantajearnos”, reafirmando que el bloqueo naval seguirá “en plena fuerza” hasta que Teherán acepte un acuerdo. La frase, difundida en redes sociales, reforzó la narrativa de confrontación directa y endureció el tono diplomático.
El 20 de abril, la ONU informó que Irán había abierto parcialmente el paso durante la tregua, pero lo cerró al día siguiente. La incertidumbre golpeó los mercados energéticos: el crudo subió un 6 % tras la captura del Touska y volvió a caer con la reapertura parcial. Cada movimiento en Ormuz se traduce en oscilaciones inmediatas en los precios globales.
La llamada de Xi Jinping
Ese mismo 20 de abril, el presidente chino Xi Jinping habló por teléfono con Mohammed bin Salman, príncipe heredero y primer ministro de Arabia Saudita. El mensaje fue claro: “Hay que abrir Ormuz”. Xi reclamó un alto el fuego inmediato y completo, y pidió garantizar el “paso normal de los buques”. La conversación coincidió con el décimo aniversario de la asociación estratégica China–Arabia Saudita, lo que reforzó el peso diplomático del contacto.
Más que un gesto de mediación, la llamada fue un movimiento estratégico propio. China depende del crudo iraní, pero no está dispuesta a que el cierre del estrecho comprometa su seguridad energética. Al involucrar a Arabia Saudita, rival histórico de Irán, Pekín mostró que puede jugar en ambos tableros: presionar a Teherán y, al mismo tiempo, acercarse a Riad. El subtexto fue inequívoco: “Irán, te quedaste sin salvavidas”.
Implicancias globales
La captura del Touska y la llamada de Xi revelan que la “novela trágica de Ormuz” ya no es solo un enfrentamiento entre EE.UU. e Irán. Es un conflicto de seguridad internacional que involucra a las grandes potencias. China se posiciona como árbitro de facto, pero con intereses propios: proteger el flujo de energía y evitar que la crisis afecte su abastecimiento. Arabia Saudita emerge como interlocutor central, capaz de influir en el equilibrio regional.
La ONU, mediante la Resolución 2817, condenó el cierre del estrecho, pero las perspectivas de acuerdo siguen lejanas. El Parlamento iraní insiste en que no habrá negociación mientras persista el bloqueo estadounidense. En este tablero, cada actor juega su partida: EE.UU. endurece su presión, Irán responde con cierres y ataques, Israel acompaña la estrategia militar, y China irrumpe con un mensaje que cambia el tono de la crisis.
El Estrecho de Ormuz se convirtió en escenario de una tragicomedia con capítulos de tensión, advertencias y giros inesperados. La frase de Xi Jinping sintetiza el momento: “Hay que abrir Ormuz”. No fue mediación, fue advertencia. Y en esa advertencia, Irán entendió que su margen de maniobra se achica. La saga continúa, pero el guion ya no lo escriben solo Washington, Jerusalén y Teherán: Pekín y Riad también tienen la pluma.

Director en Confluencia Portuaria

